“Working
was a new thing; waking up early in the morning and going to bed late at
night… But I’ve met a lot of nice people, I’ve been to New York,
London, Paris. I like traveling. Now I cannot imagine my life without
modeling.” - Barbara Palvin
happiness is a hard word to define.
but tonight
I think
it’s waking up
to a new kind of bullshit
and starting over again with
some meaning in my empty heart.
—No sé si
contarte doctora, porque eso significaría que podríamos tener problemas con la
justicia.
—Puede venir
a contarme un homicida a contarme acerca de sus actos pero igual no diría nada,
hice un juramento al recibirme en esta profesión.
—Bien
doctora, porque ahora mismo hablará con una homicida.
Giuliana se
acomodó en el sillón y cruzó las piernas observando a la joven rubia que yacía
frente a ella con total estado de nerviosismo, le sudaban las manos y las
piernas le temblaba. Se notaba a simple vista que el secreto grave la fue
consumiendo poco a poco, en la cara llena de ojeras, en los ojos que carecían
de brillo, en la resequedad de su piel, y en su cabello descuidado. Camila era
una adolescente de diecisiete años que era su paciente hacía bastante tiempo, sufría
de bruscos cambios de personalidad, momentos donde se perdía a sí misma debido
a un episodio terrible que pasó de niña, su madre era una periodista con un carácter
bastante especial, no era muy amorosa y tampoco comprensiva, además, sus padres
estaban en pleno proceso de divorcio.
—He hablado
con ellos antes. Puedes contármelo.
—Comenzaré
desde el principio, aquella noche, mamá había llegado de muy mal humor a casa
debido a que discutió con papá sobre la separación de bienes. Las cosas son muy
tensas en casa, especialmente cuando mamá descubrió que papá se drogaba ¿sabes
lo malditamente difícil que es eso? Nos sentamos a cenar juntos, pero como
ellos no pueden estar en una mesa sin discutirse ahí comenzó todo, mamá lo echó
de la casa, el agarró su billetera y salió. Eran las veintidós y treinta, ya
habíamos lavado los platos y decidimos ir a acostarnos hasta que tocaron el
timbre y mamá atendió.
En aquel
punto los ojos de Camila se inundaron de lágrimas que trató de contener, respiraba
con suma agitación y no dejaba de masajearse la sien. La psiquiatra le extendió
un vaso de agua y esta bebió a grandes tragos.
—Podemos
detenernos aquí, Cami.
—No, explotaré
sino le cuento a alguien. Era un hombre que jamás habíamos visto, empujó a mamá
e ingresó a la casa llamando a papá, le dijo ella que él se había ido, que no
vivía más allí pero él no quiso comprender. Entró a la sala y fue tirando todo
lo que veía a su paso, desde la lámpara las fotos y demás gritando que le debía
dinero por las malditas drogas y que debía pagarle. Cuando se cercioró que papá
no estaba allí fue directo hasta mamá y la tomó del cuello acorralándola con la
pared.
—¿Dónde estabas
tú?
—En la
cocina, completamente muda, no me respondía el cuerpo para hacer algo, ya sea
gritar o correr. Veía la desesperación y el miedo en los ojos de mi madre
mientras trataba de librarse y le explicaba que ella no tenía el dinero que
requería. Entonces todo fue muy rápido allí, el hombre dijo que ella era muy
linda y sino conseguía el dinero que por lo menos conseguiría sexo y comenzó a
desabrocharse el cinturón y bajaba la ropa interior de mamá. Yo no sé como pero…
sobre la mesada estaba el cuchillo con el utilizamos para cortar el pollo, y como
si por una fuerza extraña fui impulsada hasta el hombre y le clavé en la
espalda. Le di catorce puñaladas y no me detuve hasta que estuve segura que no
volvería a levantarse, tampoco me detuve cuando mamá trató de apartarme, recuerdo
que la empujé y seguí clavándole, recuerdo el grito del hombre ante cada punzada,
se giró y seguí sin detenerme sobre su estómago y veía desde primera fila como
la vida se le iba escapando. En sus ojos. Fue algo extraño, es como si repentinamente
se haya apagado una luz y todo se haya detenido en él. Mamá lloraba
desconsolada, yo en cambio tenía una sonrisa casi radiante.
—¿Luego que
pasó?
—Había un
charco de sangre, mi ropa tenía sangre por todos lados, también mis manos. Para
resumir un poco, envolvimos el cuerpo en la alfombra y nos pusimos a limpiar el
suelo con blanqueador y todos los productos de limpieza que había. Estuvimos toda
la madrugada limpiando la casa. Al final, fui a asearme y llevé el cuchillo
conmigo, lo enjaboné, lo enjuagué y traté de quitarme la sangre bajo las uñas
que ya se habían endurecido. Como era ya cerca del amanecer, cambié mi ropa y
fui nuevamente a la cocina, dejé el cuchillo en su lugar y me preparé un tazón
de leche con cereal.
—¿Qué
hicieron con el cuerpo?
—Lo llevamos
en la madrugada hasta unas cañerías olvidadas y lo cubrimos con hojas y demás
que encontramos ahí.
—¿Y tu mamá?
—Hicimos
como si nada pasó, seguimos con nuestras vidas. Papá vino al día siguiente y
dijo que la casa olía como si hubiéramos neutralizado el lugar como un hospital
pero nada más que ese comentario.
—¿Qué es lo
que te atormenta ahora, Cami?
—Que ningún
orgasmo me causó tanto placer como las catorce puñaladas.
Esa tarde la rubia había recibido más pacientes de lo usual,
el otro psiquiatra de turno gozaba de sus vacaciones anuales entonces todos los
turnos eran agendadas directamente a ella, por primera vez en mucho tiempo
contemplaba una fase donde su propio trabajo comenzaba a hartarla, a sofocarla,
contaba los minutos para poder ir a casa y ese día en especial, aquella
ansiedad la invadía completamente. Una hora más y sería libre, pensaba mientras
anotaba el último caso clínico, el joven frente a ella sufría de un retraso
cognitivo debido a un accidente cerebrovascular, algo bastante atípico en
personas menores de 50 años.
—Bien Joseph, he cambiado uno de tus medicamentos a ver como
respondes a este.
—¿Me darás un libro nuevo para esta semana?
—Claro, no he olvidado traerlo. Este te va gustar, es uno de
mis libros favoritos. La semana entrante saldré de vacaciones, por lo que
tendrás más tiempo de leerlo e interpretarlo-
—Genial doctora, nos vemos en la siguiente sesión, que
disfrute
Joseph era un joven de veintiséis años que acababa de
terminar la carrera de Derecho en la Universidad de Nueva York, luego de su ACV
él cayó en una depresión profunda y comenzó a tener leves signos de pérdida de
memoria, algo común en dicho suceso, por lo que la mujer semanalmente le traía
un libro. Era la mejor forma de ejercitar su cerebro, él aún contaba con la
posibilidad de recuperarse completamente, algo que en una persona mayor a
cincuenta años era casi imposible. Le daba una semana de tiempo, entonces en la
siguiente sesión ella le hacía preguntas sobre el libro, desde hacía seis meses
había implementado aquello, en la semana dieciséis los cambios fueron
haciéndose presentes, de pasar a no recordar más que la idea principal, ya
recordaba los personajes principales, aspectos físicos, travesías y era un gran
avance. Joseph era su paciente favorito, claro ejemplo de superación y su
último paciente del día. Se relajó yendo a la mesa continúa donde su taza de te
de tilo la esperaba, calmar sus nervios era fundamental, pues aún tenía trabajo
escrito presente, los minutos pasaron volando y cuando faltaban diez minutos
para culminar su turno el teléfono suena, Giuliana rodó los ojos y contestó
negándose en atender a la persona quien fuera estuviera fuera, al oír a la
secretaria repetir las palabras oyó algo que no esperó en nada: un llanto
desconsolado.
Algo se quebró dentro de la rubia, dejó la taza y
prácticamente corrió a la puerta viendo a una mujer de castaños cabellos
sentada en la sala de espera, tenía los ojos rojos por haber llorado tanto, ropa
y cabello descuidados, además de varios hematomas en la pierna. Ya había visto
eso una vez, lo conocía como miedo.
—Lo lamento,
no sabía que era urgente, soy la Dra. Balan ¿cómo se llama?
—Susan.
—Adelante
Susan… ¿apetecería un café?
—Agua mejor.
Ambas
ingresaron a su consultorio y la muchacha observó la misma hasta que fue a
tomar asiento en uno de los grandes sillones de cuero negro. Se abrazaba a sí
misma y miraba a todos lados con claro signo de temor, le extendió un vaso con
agua y tomó asiento frente a ella. La estudió por un instante y trató de
entender lo que ocurría, especialmente por las grandes ojeras que surcaban su rostro.
—¿Cuántas
horas al día duermes?
—Poco y
nada.
—¿Qué te
trae por aquí?
—Estoy
pasando por un suceso y creo que lo más conveniente es conversarlo con alguien
que no sea de mi entorno.